Parte I




Capítulo XIII


Valencia, 9 de agosto de 1492.

David despertó. Recordaba la noche, recordaba el vino y los bailes, los besos de Luna. Nunca supo como había regresado a su pequeña cámara en la galera. Le dolía la cabeza. Estaba solo. El barco parecía aún amarrado al muelle. Por la pequeña ventana veía un rectángulo gris de cielo y la lluvia que caía suavemente. Cuando se incorporó, tuvo una punzada de dolor en la cabeza. Somnoliento salió a cubierta. Seguía lloviendo.

—David, por fin estás despierto—, gritó Muchico —¿Dónde has estado por la noche?

No contestó. La cabeza le dolía. Hizo un gesto de saludo a su hermano y se asomó a la borda. El mar estaba turbio, no se veía el fondo. Las gotas de lluvia al caer en el agua formaban pequeños círculos que se agrandaban y luego desaparecían. La galera se mecía suavemente. Sintió mareos. Vomitó. El vómito surgió de sus entrañas lento, con esfuerzo, pero luego se derramó como un manantial; caía, como la lluvia, a borbotones; y luego paró. Terminaron los espasmos. Se apoyó contra la borda. Permaneció algunos minutos así, inclinado, con la frente contra la barandilla de madera que estaba mojada, fría. Sintió alivio. Estaba limpio. La opresión en la cabeza cedió. Nunca había bebido tanto como la noche anterior. El vino le hacía daño. No volvería a beber en su vida.

—¡Ven a comer, David! ¡Así vivas tú! —su madre lo llamaba. Tal vez fuera mediodía. Había dormido toda la mañana. Se excusó; no podía comer; la idea de la comida le provocaba nuevas nauseas.

—¿Donde estuviste anoche, hijo? ¡Qué susto nos has dado! —lo reprendió Sara—. Ve y acuéstate. Ponte este paño con agua y sal sobre la frente. Te hará bien, si Dios quiere.

Bajó nuevamente, se acostó en su lecho y colocó el paño mojado sobre su frente. Sintió que el frío le aliviaba el dolor. Por la ventana de la cámara se oían jirones de voces que llegaban de cubierta y el bullicio del muelle. Se durmió pensando en Luna.

 

 

 

La voz triste de Esther Franco contaba su historia. "Quédate", le había dicho Isaac Abravanel a David. "Quiero que tu también escuches lo que tiene que contar esta mujer". La lluvia seguía golpeando la toldilla. En los bancos se encontraban sentados: el tío Isaac, el tío Samuel y el primo Judah. Enfrente estaba Esther Franco que hablaba con una voz grave, que a veces se quebraba en llanto. David se encontraba de pie, apoyado contra la borda, mirando el horizonte marino. Una franja celeste de cielo separaba el mar plomizo de las nubes oscuras que el sol poniente trataba en vano de iluminar. El capitán había dicho que si el cielo aparecía despejado al norte, significaba el fin de la tormenta y, que si amanecía con buen tiempo, zarparían al día siguiente, de madrugada.

Todo había comenzado cuando se encontró por la tarde con Giovanni. La siesta y el paño frío lo habían aliviado de su malestar. Su amigo, luego de hacer pullas sobre la borrachera de la noche anterior, le había contado que cuando había salido de la taberna, David, borracho, no había dejado de cantar; lo habían traído entre dos marineros, lo acostaron en su camastro, y había despertando con sus canciones a toda la familia.

Luego le contó un encuentro que había tenido por la mañana con una dama de Valencia que lo había detenido en el embarcadero. Esta señora era pobre, viuda y tenía un hijo pequeño; se había enterado en el puerto de que en la galera viajaban judíos. Pidió entonces una audiencia con Isaac Abravanel para que escuche lo que ella tenía que decir.

Loa jóvenes transmitieron el pedido de la mujer a don Isaac, quien aceptó recibirla ante la extrañeza de David y Giovanni que descontaban una respuesta negativa. Esther Franco debería presentarse en la galera una hora antes de la puesta del sol.

—…mi marido era Alfonso Franco, yo soy Esther Sánchez, vivíamos en La Guardia, cerca de Toledo. Mi marido y sus cuatro hermanos tenían un molino. Hacía muchos años que el molino era de la familia Franco…

Al escuchar la palabra molino, David recordó el Guadalquivir y miró a Esther Franco por primera vez. Era de baja estatura, ojos oscuros que denotaban determinación, el cabello recogido bajo una mantilla de encaje negro, vestía luto. Comenzó a interesarse en la historia.

—…nuestras familias eran cristianas nuevas —decía la mujer—, en realidad no tan nuevas, porque se convirtieron en Toledo por los años de Nuestro Señor… digo de mil y trescientos noventa y uno. Fue luego de los grandes disturbios. Hace más de cien años que somos cristianos. Y heme acá que tengo que suplicar a vos, Príncipe de los Judíos.

La voz de Esther Franco se quebró con un sollozo.

—Puedes hablar sin miedo, Esther —la tranquilizó Isaac Abravanel—. Tienes que saber que yo no soy príncipe, que nosotros te comprendemos porque también somos perseguidos. Puedes continuar.

—Hace dos años mi marido y sus hermanos fueron acusados de herejía por la Santa Inquisición. Los llevaron a las cárceles y desde ese día no supimos nada de ellos. No sabíamos de que crimen se los acusaba. Al poco tiempo los trasladaron para juzgarlos en Ávila… —y Esther no pudo continuar por los sollozos.

—¡Sara! —llamó Isaac Abravanel alarmado—. ¡Así viva Dios! ¡Trae agua para la señora!

La madre de David subió con un jarro de agua que ofreció a Esther y con una mirada que procuraba calmarla le dijo:

—Quédate tranquila, Esther, mi hija Déborah está cuidando de tu niño. Él ya comió algunos pedazos de pan ablandados en caldo y ahora está jugando en la cubierta de proa.

—Permanece junto a ella, Sara. Tú la tranquilizas —dijo Isaac Abravanel temeroso de un nuevo estallido de la señora, que al momento parecía tranquila.

Pasaron varios minutos en silencio. Se oía el golpetear de la lluvia sobre el techo de la toldilla y el sonido de las olas contra el embarcadero. Lentamente, con voz muy queda, que se confundía con el sonido de la lluvia, Esther Franco continuó su relato:

—En Ávila, el juicio fue conducido directamente por los inquisidores que nombró Torquemada. No permitieron que los familiares visitáramos a nuestros maridos, ni pudimos nombrar abogados, allí no teníamos amigos, ni parientes. Confiscaron todos nuestros bienes, nuestras casas, nuestros huertos, nuestro ganado, nuestro molino. ¡Todo para el fisco y para la Inquisición!

Parecía que Esther en cualquier instante estallaría nuevamente en llanto. Pero se contuvo, bebió otro sorbo de agua y siguió diciendo:

—No teníamos mas recursos. Marchamos a Toledo para vivir de la generosidad de mis tíos, pero ellos no podían mantenernos por mucho tiempo. Mis cuñadas fueron a vivir con sus padres. Yo soy huérfana. Quedamos mi hijo Fernando y yo.

Esther hizo una larga pausa como para ordenar sus pensamientos y luego continuó:

—Hace pocos meses, los hermanos Franco, y con ellos mi marido, fueron condenados por herejía. Dicen que crucificaron a un niño cristiano en nuestro pueblo de La Guardia. ¡Pero todo eso es falso! Nunca crucificaron a nadie. Nunca faltó ningún niño en La Guardia. Somos pocos y conozco a todas las madres del pueblo. Con mis cuñadas asistíamos a las parturientas. Todas nos ayudábamos durante los nacimientos. ¡Nunca faltó un niño en La Guardia! —Su voz se quebró.

—Mi marido y mis cuñados eran simples molineros que vivían de su trabajo —continuó Esther—. Recibían trigo de toda Castilla para la molienda. Venían de muchas ciudades y villas a comprar harina. Venían moriscos, cristianos y judíos. A veces se quedaban unos días en La Guardia y contaban historias de sus tierras y de sus familias. Los hermanos Franco eran buenos cristianos, íbamos a misa todos los domingos. Convivíamos en La Guardia junto con los cristianos viejos y con unos pocos judíos que no se convirtieron. Nos saludábamos por la calle. Íbamos juntos a las bodas y a las fiestas. Es cierto que no había casamientos entre judíos y cristianos y también había muy pocos entre cristianos nuevos y viejos, pero en La Guardia, que es un pueblo pequeño, siempre vivíamos en paz.

Esther Franco interrumpió durante un instante su relato, para tomar aliento o para ordenar sus ideas. Los hombres se movieron incómodos en sus asientos, esperando nuevamente las palabras.

—En La Guardia todos nos rechazan, nadie quiere darnos ayuda. Mis tíos me echaron de Toledo. Dicen que mi presencia produce disturbios, que son muy ancianos y que con nosotros en su casa no se sienten seguros. Por eso vine a Valencia, en busca de Israel Franco, un pariente lejano de mi marido que no se había convertido y que solía venir a nuestro molino antes de las pascuas para comprar harina. Cuando llegué a Valencia, tras muchos días de viaje, encontré que habían expulsado a los judíos de Aragón, y creo que de toda la península. Israel Franco había partido para Nápoles. Me encontré sola con mi hijo y estoy viviendo con las monjas de la caridad. Pero me han dicho que no puedo quedarme con ellas. Que si permanezco en el convento la Inquisición pude sospechar, porque allí hay muchas novicias y monjas que son cristianas nuevas. ¡No tengo familia! ¡Qué me queda de la religión! Permitid que viaje a Nápoles con vosotros para encontrar a mi pariente. Es la única familia que tengo —repitió Esther como para sí misma, luego y continuó—: pero en realidad, ¿qué es la religión? ¿es así el amor de Cristo? Los cristianos viejos dicen que los conversos somos judíos, que judaizamos. La inquisición dice que somos herejes. Para vos, Don Isaac, ¿qué somos?

—Para nosotros sois cristianos, Esther. Vosotros y vuestras familias han sido bautizadas hace tiempo. Seguís las leyes de Jesucristo y no las leyes de Moisés —contestó Abravanel.

Esther siguió hablando entre sollozos contenidos:

—Para los cristianos somos judíos y nos persiguen, para los judíos somos cristianos. Para Dios, ¿qué somos?

La pregunta quedó sin respuesta. Ya no llovía.

—¡Mi esposo, con todos sus hermanos Franco, junto con otros cristianos y algunos judíos fueron condenados a la hoguera por crucificar a un niño que nunca existió! —gritó Esther a la cara de Abravanel— ¡Murieron quemados en la hoguera de Ávila en el mes de diciembre pasado! ¡Yo vi como ardían en las llamas! Yo vi como murieron llorando. Yo vi las llamas de la Inquisición. ¡Murieron juntos, cristianos y judíos!

Y en ese instante, el sol se asomó tras las nubes de tormenta, tiñendo el ocaso con resplandores de fuego.







Capítulo XIV



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