La coraza de la calabaza

En 1988, viví un tiempo en una comunidad espiritual, en San Pablo, Brasil.

Yo estaba tan triste por la muerte de mi madre, que me costaba estar de pie, incluso hablar. En la comunidad, el día empezaba antes de las 5 de la mañana. Meditábamos juntos y tomábamos el desayuno, después de bendecirlo y agradecerlo, a Dios, a la vida, a nosotros mismos.

Después del desayuno, se repartían las tareas comunitarias. Algunos iban a trabajar a la huerta, cerca del lago o, a la carpintería en plena montaña, o en la casa nueva que estaban terminando, también trabajaban en la cocina, en el lavado de los baños, el arreglo del jardín, o bien, en preparar la comida del almuerzo, o quizás, alguna otra tarea que surgía.

A media mañana, todos dejabamos de trabajar, (al mismo tiempo, y con exactitud), para comer juntos una pequeña vianda. Comíamos en silencio, hablábamos lo indispensable y masticábamos despacio, meditativamente. El paisaje adquiría una gran profundidad.

En el reparto de trabajos, dije que me cansaba estar de pie, que estaba muy deprimida por la muerte de mi madre. Me llevaron a la cocina, me sentaron en una silla, frente a una mesa, frente a una ventana, frente al jardín, y me pusieron delante una montaña de arroz, para que lo limpiara.

Era el mismo trabajo, que mi bisabuela hacía durante horas, mientras cantaba al lado de la ventana. Lo hice con facilidad, pasé un buen rato así, separando el arroz bueno que servía para comer, del arroz que no servía. Me pareció que la tarea, tan rutinaria, no era significativa para mí, me empecé a cansar, y recuerdo que, por fin, pregunté:

—¿esto que estoy haciendo, para qué me sirve? —Es una meditación zen, me respondieron, los monjes tibetanos meditan así. —¡Ahhh!— Me sorprendió que fuera una tarea meditativa. Volví a preguntar: —¿y qué aprendo haciendo esto? Me contestaron: — esto es, lo que vas a hacer, seguramente, cuando vuelvas a Buenos Aires: separar las personas y las cosas que son buenas, para vos y tu evolución, de la gente y las cosas que no lo son. Es importante, aprender a diferenciar, lo que es bueno para una/o, de lo que no lo es.

Esa fue la primer experiencia significativa: “la lección del arroz”. Una tarea que me parecía intrascendente por lo simple, se convirtió en profunda. Tan imborrable es, que está presente a diario. Cuando terminé con el arroz, me dieron unas calabazas para pelar. Cáscara dura.

Yo sugerí: —¿porqué no las cocinamos con la cáscara? y después, son mucho más fácil de pelar, y sacar la pulpa. Me dijeron que no, que había que pelarlas con el cuchillo, y después cocinarlas. Requería esfuerzo sí, la cáscara era muy dura.

Pregunté: —¿porqué así, con tanto esfuerzo? ¿me sirve de algo?

Me respondieron:
— En la vida hay que quitarse todo el tiempo la cáscara dura con que nos re-cubrimos, y nos protegemos. Aprendemos a sacarnos las corazas que nos ponen y nos ponemos, para no perder sensibilidad, y poder ser vulnerables y receptivos, de lo que pasa a nuestro alrededor —. Esa fue la segunda gran lección: “la coraza de la calabaza”.

—¿Porqué tanto silencio?— pregunté un día en la cocina, rompiendo el silencio. Parecían contentos con mis preguntas. Me dijeron:

— En la vida, todo es meditativo y es mejor vivir atentos. Vivir concentrados, no es lo mismo que vivir dispersos. El silencio ayuda a estar en el aquí y ahora.

Sin embargo..., y a pesar de todo, yo no estaba cómoda en la comunidad. Desconfiaba de todos, me parecían falsos, y me quería ir..., pero en la realidad... me quedaba.

En las reuniones, después de cenar, la gente de la comunidad hablaba del compromiso con la verdad. Esto es así: Si yo mentía o trampeaba, no engañaba a nadie, en tanto yo lo sabía, y me veía. Si yo veía un pelo en el piso y sabía que había que levantarlo y tirarlo, debía hacerlo, de eso se trataba. El compromiso con la verdad, era compromiso conmigo misma. No podía mentirme. Y sí lo hacía, era importante saberlo y reconocerlo. No sabía qué hacer con todo eso que decían, me atraía, tenía una lógica que yo compartía. Sin embargo, yo pensaba en huir.

—¿Porqué tanto orden?— pregunté mirando la carpintería.

— El orden y la higiene ayudan a crecer. Lo que está afuera, está adentro, y lo que está adentro, se revela afuera. Todo es un espejo. Lo que hacemos adentro, lo hacemos afuera, y lo que hacemos afuera lo hacemos también adentro. Todos somos espejos.

Muy interesante..., pero yo quería irme a mi casa, estaba abatida, extrañaba a mis hijos, mi cama, mi almohada. Pensé:
— no estoy para estas cosas, este no es mi mejor momento, quiero meterme en mi cama y dormir, dormir. Creía que había tomado la decisión equivocada. Mi amiga, la que me llevó hasta ahí, estaba fascinada y desbordaba amor y gratitud. Un día me dijo: —¿no nos habremos muerto y estamos en el paraíso? Decidí irme en unos días, pero no le dije nada.

En la comunidad, no había luz eléctrica, ni teléfono, ni radio, ni televisión, ni fax, ni nada que permitiera la comunicación con el exterior. Se podría pensar que estábamos aislados e incomunicados. Sin embargo, no era así. Por una cosa o por otra, llegaba gente todos los días y traía las noticias necesarias, las noticias llegan, decían ellos y era cierto.

Esto que voy a contar, sé que parece mentira pero no lo es. Antes de almorzar y cenar, la comunidad toda se reunía para meditar juntos. Al final, alguien preguntaba siempre: —¿necesitan pedir algo?—

Ellos creen que los pensamientos y los deseos, caminan por el espacio, y caen en algún lugar, en algún agujero..., que es el lugar donde deben caer, en ese momento. Y es así, nomás. Si alguien necesitaba un taxi, no había modo de pedirlo, entonces enviábamos el deseo al espacio, y en el momento preciso o antes, llegaba el taxi, o bien el transporte necesitado.Aún lo sigo haciendo. Ya sé, es increíble, pero es cierto.

En la comunidad, no sólo se vivía en silencio, sino también muy lentamente, sin ansiedad y sin apuro, tranquilamente. Teníamos que prestarle atención a nuestra respiración. Según ellos, de esa manera, se facilitaba la comunicación telepática.

Cuando me mandaron a trabajar en la carpintería, yo ya me sentía un poco mejor, pero seguía obstinadamente, pensando en irme. Me pusieron a lijar unos marcos de madera. Lijaba y lijaba lo más concentrada posible... y cada tanto me clavaba una astilla.

Por fin, pregunté: —¿para qué me sirve hacer esto?— y me contestaron: —En la vida, hay que estar limando asperezas, todo el tiempo, y si te distraés, seguro que te clavás una astilla, pero igual, hay que seguir y seguir limando asperezas.— Esto es así, hay que vivir limando asperezas.

Mi experiencia en la comunidad se divide en antes y después de la serpiente, pero esa historia es larga y la contaré en otro momento. También me falta contar lo que me enseñaron las acelgas, la rana en la cama, y otros animalitos, la limpieza de los baños,.. y otras lecciones. La comunidad, fue un antes y un después en mi vida.

Noviembre de 2008

Liliana Mizrahi

Es psicóloga clínica especializada en Psicoterapias de adultos y adolescentes en encuadres individuales y grupales; diseño de terapias vinculares, de pareja y familia; y coordinación de talleres vivenciales y de reflexión.

pachami.com/LilianaMizrahi

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Comentarios  
paola
9 de noviembre de 2008
descubri unas hermosas experiencias que me representan mucho y me hacen reflexinar sobre mi forma de vivir,de sentir la pérdida y el fracaso.
Mary N
4 de noviembre de 2008
Me atrapó este relato, espero que pronto pueda compartirnos el resto. Saludos.


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