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La matadura, una
grieta obligada Por Liliana Mizrahi “Yo morí siendo un niño. Llevo en mí el vértigo de lo irremediable”. Jean Genet Las heridas del alma nunca son seguras.Son puntos débiles, que en cualquier momento pueden reabrirse y sangrar. Una marca, un moretón, una fractura, una fisura, algo no crece. Esa grieta ya está marcada, es una grieta obligada, digamos nuestra matadura. Inolvidable tatuaje. Imborrable. “Yo he sido un niño herido. Sé de que se trata. Conozco mis heridas infantiles y convivo con ellas, son irremediables... y ahora, hasta estoy empezando a divertirme con ellas. Las comparto sin pudor, son parte de mi condición humana. Hacen a mi esencia. Las comparto porque me permiten saber del dolor humano. Hay personas que no conocen el dolor, o bien saben muy poco de él. Y eso se nota, en las respuestas que dan al sufrimiento del otro. El dolor mucha veces nos mejora”. Son marcas que hacen a nuestra condición humana y a nuestra historia singular y social. Marcas, tatuajes. Condicionamientos que nos permiten reconocernos como metáforas. “No voy a olvidar nunca mi pasado, ni mi pasado infantil, o adolescente, o juvenil. Y también sé que podemos descubrir y aprender a vivir de otro modo, con más gracia y más alegría: siendo amados, reconocidos y cuidados. Y también amando y cuidando a otros”. “Soy Tarea. Estoy exigida por la vida misma a trabajar, sin pausa, en mi propia transformación, que es interminable. Sé que no debo detener mis cambios". Muchos seres mueren emocionalmente, y aunque sigan trabajando y caminando por las calles, son seres sin vida. Las calles están llenas de muertos que caminan. Es importante, reconocerlos y diferenciarlos. “Hace un tiempo, escuchaba a una joven paciente, contándome acerca de su infelicidad matrimonial y agrega a su relato, lo que una amiga le dice: "Separate, separate de él, está muerto. Le pregunté: ¿Y vos, qué pensás? Y me dijo: Yo creo que sí, que está muerto, no puede cambiar.” La aridez del desierto afectivo, la desolación del aislamiento, conducen a la muerte psíquica, y a veces, también a la muerte física. Otros seres sumisos, se detienen y se convierten en retrasados mentales, apáticos. Son seres que ante la carencia de estímulos para su evolución, han quedado restringidos. Seres con duelos enquistados. Hipotecados. Seres empobrecidos en su sensibilidad. Padecen severas restricciones para vivir, amar, sentir. Se detiene su desarrollo intelectual y afectivo. También están los otros, los que se transforman en seres pendencieros e impulsivos. Agresivos. Pobres y miserables. Excluidos del sistema social, ineducados y marginales. Pueden llegar a la anomia, desde la delincuencia. Ellos actúan, hacen activamente lo que recibieron pasivamente. Los pobres de toda pobreza viven poco. Mueren jóvenes. Cuando hemos sido heridos, saqueados o asesinados de niños, la vida no regresa a nosotros por sí sola, nosotros tenemos que salir a buscarla. “Entonces... ¿de qué se trata? —me pregunto— de aprender, siempre de aprender. Descubrir y aprender, otra manera de ser humanos.” “Conozco sobrevivientes de campos de exterminio nazi que sobrevivieron y siguieron adelante con sus vidas, transformando productivamente esa experiencia siniestra. Viven y dan testimonio del horror vivido. Denuncian, informan y alertan. Otros, que también sobrevivieron, no pueden ni nombrar, ni escuchar acerca de esa realidad. Cargan con una fuerte represión sobre el tema, sin embargo, frecuentan la alegría y la gratitud. Otros sobrevivieron sin haber podido superar la amargura y el resentimiento y además generan culpas en los otros, que no pasaron por eso”. Algunos seres pueden resistir la realidad, sobreviven y logran rehacerse. Se reparan. Se recrean. Renacen. Siguen evolucionando espiritualmente. Salen bien parados. Evolucionan amplia y profundamente. Supieron crearse mundos alternativos en los cuales poder refugiarse y protegerse. Mundos interiores. Ensueños poéticos, que son islas. Ilusiones que parecen delirantes, protegen y aislan de una realidad que es frustrante. “Tener mundos alternativos, debería ser obligatorio. Ayudan, son refugios creados y elegidos, que nos protegen. ¿Qué hubiera sido de mi infancia y mi adolescencia sin libros?” En tanto seres discapacitados de la vida, es cuestión de rehabilitarse, aprender a vivir: respirar, mirar, caminar, comer, vivir y convivir con otros y con nosotros. Amar sin urgencia ni desesperación, aprender a compartir, recuperar la dignidad, aprender a sentirnos bien con nosotros, por ser quienes realmente somos. Cada pequeño logro se va constituyendo lentamente en parte de un andamiaje que se sostiene, y conduce a lugares impensados de creatividad y responsabilidad, haciendo posible los sueños e ilusiones. El comienzo de una nueva vida, y el final de los abusos y malos tratos no significa que el problema haya terminado y se haya solucionado todo. Las heridas recibidas en la infancia están inscriptas en nuestro inconciente, están grabadas en la memoria orgánica, en la piel que nos cubre el cuerpo, en las mucosas, en el brillo de la mirada, en los gestos, en nuestras dolencias y síntomas. Podemos convertirnos en bellos cisnes, a pesar de todo el tiempo que fuimos patitos feos. Descubrimos que es posible vivir con ternura y rodeados de belleza, cariño e inteligencia, teniendo momentos o islotes de alegría, cada vez más amplios y duraderos, pequeños y grandes tiempos de felicidad, que nos permitan sustraernos de la pesada tristeza y del dolor de nuestra historia infantil. Rehabilitarnos es desaprender, y aprender a vivir de nuevo. Hacernos, moldearnos sabiendo que nuestra evolución estará siempre determinada y alterada por las heridas que ya están marcadas y son indelebles. “Me robaron la certeza de ser amada. Me robaron la alegría de la infancia. Me robaron la adolescencia, toda, sin fiestas ni nada. Pude recuperar algo a partir de los 30 años, ya tenía dos hijos”. El pasado no es quirúrgico. No se extirpa. Se transforma creativamente con nuestro trabajo personal sobre nosotros mismos y con el amor de nuestro entorno. Todos aquellos que nos aman, saben que somos seres vulnerables, discapacitados para vivir y pueden participar de nuestra rehabilitación, de nuestro proceso de resiliencia. Me refiero a nuestras parejas, nuestros hijos, amigos, vecinos, maestros y colegas, pueden aportar amor, cuidado e inteligencia, para que podamos seguir y concretar nuestro propio y único camino. “Importa sí, no quedar a merced de nuestro pasado, para que continúe haciendo estragos en nosotros. La consigna será poder con nuestro pasado, para que el pasado no pueda con nosotros, ya lo dijo Sartre: “No importa lo que la historia hizo con nosotros, sino lo que nosotros podemos hacer con lo que la historia nos hizo”¡Ja! Ese es el desafío.” Entre tantas otras cosas que debemos aprender a diario en cada nueva etapa de la vida es aprender a re-conocernos, discriminarnos y diferenciarnos. Separarnos y alejarnos de todo lo que reavive nuestra experiencia límite infantil. El robo de etapas evolutivas que padecimos, la expropiación de dones, los saqueos emocionales, los abusos morales, las violaciones. Esa mirada despojadora de los padres, hermanos o bien, otros adultos. Se trata de aprender y permitirnos tomar una distancia inteligente y crítica de todo lo que nos hiera. Comprender con sensibilidad la historia del niño herido, entender y legitimar su discapacidad y su vulnerabilidad, reconocer y legitimar sus carencias de un modo sensible, contener sus demandas, decodificar su hostilidad y aprender a responder positivamente. Inteligir el lenguaje y las señales que da su cuerpo que habla en síntomas, y es sincero. Aprender del sobreviviente. Estas conductas responsables, se convierten en factores importantes para estimular y fortalecer la recuperación y rehabilitación. Se trata de tejer, entretejer y sostener vínculos afectivos estables y equilibrados. Vínculos que permitan el reaprendizaje de una vida más armónica. Las privación de amor temprano, la falta de cuidados, la sumisión y servidumbre a los adultos, generan estados de vulnerabilidad emocional y fragilidad física y psíquica. Estos seres requieren de muchas compensaciones para volver a alcanzar el equilibrio y la estabilidad en todos los órdenes de la vida. El trauma, el asesinato infantil, el saqueo de diferentes etapas de la vida, las carencias tempranas, se inscriben en la memoria, como una huella biológica que se oculta bajo mecanismos de defensa, adaptativos, pero que no hacen desaparecer la herida original. Las personas, tenemos distintas capacidades psicológicas para soportar y resistir la presión y el dolor emocional y físico. Es importante la relación con el dolor de la herida, o el desgarro de la carencia afectiva y la miseria material. Nuestra capacidad de recuperarnos está acompañada también, por la necesidad y la capacidad de reparación, que surge de la misma resistencia al dolor. O sea, uno logra alejarse de la destrucción y auto-destrucción como distintas formas que toma la muerte, pero también, debe salir a reencontrarse con la vida, re-descubrir otra manera de vivir. No es sólo, resistir para sobrevivir, sino también de re-hacerse a la propia imagen y semejanza. La narración de las historias traumáticas de humillaciones, sometimiento, abusos y miseria que padecen muchos niños heridos, siempre causan asombro, y muchas veces no son creídas como verdaderas. “Me ha sucedido algunas veces, con pacientes cuyos relatos eran tan desafectivizados, que me costaba creerles, y legitimar lo que me estaban contando. Eran historias reales pero parecían inverosímiles. Me preguntaba si eran fabulaciónes. Simplemente ciertas. En general, estos relatos dramáticos, parecen fantaseados y en general, son relatados con un cierto desapego emocional, que es el mecanismo que permitió la supervivencia”. El sujeto cuenta sin sufrimiento, hasta con humor, algo que nos suena terrible, porque es realmente terrible. La distancia emocional concede un principio de dominio sobre la emoción aterradora que provocó la experiencia traumática. Se trata de disociarnos intelectualmente, distanciarnos afectivamente y a través de la palabra, el movimiento o el gesto interpretar la tragedia que nos tocó vivir, la vida que tenemos y el mundo de un modo singular y único. El sufrimiento no es una maldición, es una eventualidad posible en el amplio espectro de posibilidades que ofrece la vida. No impide el futuro, permite la empatía con el dolor ajeno y sigue impulsando los proyectos futuros.
Agosto de 2008
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